La tarde en el hospital transcurría tranquila. La luz del sol entraba por los ventanales, iluminando la habitación de Maritza con un resplandor dorado y cálido que parecía abrazar cada rincón del espacio. El aroma a flores frescas y a medicina se mezclaba en el aire, creando una atmósfera de calma que contrastaba con la tormenta de emociones que ambas mujeres llevaban dentro. Los pitidos de las máquinas eran un susurro constante, un recordatorio de que la vida seguía su curso, a pesar de todo.