Adrián regresó a la mansión cerca de la ocho de la noche.
Entró al vestíbulo mientras se aflojaba la corbata. Clara no estaba en su sitio habitual y, aunque las luces permanecían encendidas, la casa se sentía demasiado quieta.
No se trataba del silencio normal de la noche, sino de una ausencia que no tardó en inquietarlo.
Adrián miró hacia la escalera.
—¿Victoria?
Nadie respondió.
Subió con una inquietud que aumentaba a cada paso. Cuando pasó frente al estudio pequeño, notó que la puerta estaba