Victoria no volvió a preguntarle a Adrián a dónde iban hasta que el avión estuvo en el aire.
Había pasado casi media hora desde que despegaron del aeropuerto privado de los Montenegro y él seguía evitando responder con claridad, como si el destino formara parte de una sorpresa que ella no había pedido.
—Tengo derecho a saber a dónde me llevas —dijo, sentada frente a él.
Adrián la miró desde el asiento contrario.
—Lo sabrás cuando lleguemos.
—Eso no es una respuesta.
—No estás en peligro, Victor