La mansión Montenegro parecía igual que el día en que Victoria se marchó. Bajó del automóvil con una maleta pequeña, recordándose que aquello no era un regreso, sino el cumplimiento de un acuerdo que duraría treinta días. El mayordomo abrió la puerta.
—Señora Montenegro.
—Buenas tardes.
—Permítame ayudarla con la maleta.
Victoria apenas alcanzó a entregársela cuando escuchó pasos detrás de ella. Antes de poder girarse, alguien cubrió sus ojos con una tela.
—¿Qué hacen?
Intentó apartarse, pero u