Durante días, Julián se convirtió en una presencia invisible en los alrededores de la mansión. Pensando en lo que Olivia le había pedido para que finalmente fueran felices, comenzó con su investigación para llegar al corazón de Karina: Leo. Con la frialdad de un analista, anotó cada detalle en una libreta de cuero: Leo salía hacia la escuela a las ocho quince en una camioneta gris, sus juguetes favoritos eran una colección de dinosaurios de plástico rígido y pasaba exactamente cuarenta minutos en el jardín después de la merienda, solo jugando con las flores, tierra y juguetes.
Observó los descuidos de la niñera. Era una mujer que solía entrar a la cocina a revisar el horno o hablar por teléfono, dejando a Leo solo cerca de los rosales. Julian pensó que ese era el momento perfecto, aunque perdería su humanidad si lo atacaba.
Una parte de él, un resto de humanidad que aún latía en su pecho, le gritaba que se detuviera. Era su sobrino, un niño que compartía la estructura ósea y el color