Julián caminaba por la estancia de la cabaña con la zancada de un depredador confinado. El silencio del bosque, que otras veces servía de cómplice para sus encuentros con su adorada Olivia, ahora le resultaba un insulto por su soledad. Cada minuto sin noticias de Olivia alimentaba un rencor que el whisky no lograba calmar. Marcó el número de ella por décima vez, apretando el dispositivo con tanta fuerza que sus nudillos perdieron el color.
—No puedo ir, Julián, entiéndelo de una vez —susurró Ol