En el instante en que el cuerpo de Dante impactó contra el suelo pulido, la Karina herida y la esposa traicionada se desvanecieron. Solo quedó la Doctora Harroway, la que salvaba vidas. Se arrodilló sobre el mármol frío y buscó con desesperación el pulso en la base del cuello de él, mientras el pánico arañaba las paredes de su estómago. La luz del pasillo parpadeó, subrayando la palidez cadavérica del hombre que una vez fue su mundo.
—¡Dante! ¡Dante, mírame! —Ella inició las maniobras de reanim