Ana parecía haber borrado de su memoria la advertencia de Karina. Lejos de retroceder, intensificó su asedio sobre Luciano y transformó la mansión en una pasarela de provocaciones furtivas.
Cada rincón de la propiedad se volvió un escenario para su despliegue de seducción. El roce de su lencería contra la piel fría de los pasillos era el único sonido que precedía sus encuentros. Se aseguraba de que él la encontrara en las escaleras bajo una luz tenue, con telas translúcidas que dejaban poco a la imaginación, o irrumpía en el despacho bajo el pretexto de buscar algún libro antiguo del abuelo. Su único objetivo era forzar a Luciano a posar sus ojos en ella y reconocer su existencia a través del deseo.
Sin embargo, cada intento chocó contra un muro de hielo infranqueable. El rechazo de Luciano fue tan absoluto que terminó por segregarla del núcleo familiar por completo.
Karina, Luciano y el pequeño Leo cenaban juntos en sus estancias privadas mucho antes de que ella llegara al comedor pr