Las investigaciones experimentales se transformaron en un agujero negro que devoraba cada minuto en la vida de Karina.
El laboratorio, con su aroma a antiséptico y el zumbido constante de las centrífugas, representaba su santuario, aunque también su prisión de cristal. Las jornadas se prolongaban hasta la madrugada; los resultados preliminares daban esperanza, pero el costo personal resultaba devastador para una mujer con familia.
Karina comenzó a demorar su regreso a la mansión, y pronto, las noches en vela en su oficina de la clínica se volvieron la norma. Leo crecía bajo el cuidado de la niñera y de un Luciano que cumplía su promesa de ser el ancla, pero incluso el ancla se sentía pesada bajo el agua helada del silencio. Luciano pasaba sus noches con el niño, mientras Karina buscaba respuestas a sus preguntas.
Luciano no se sentía con derecho a reclamar. Su matrimonio nació de un pacto de respeto, no de una unión de pasión compartida, y él carecía de esa naturaleza exigente que dem