Dante permanecía inmóvil frente al ventanal de su estudio. El cristal devolvía el reflejo de un hombre que, pese a poseerlo todo, lucía vacío, como si alguien le hubiera arrancado el alma.
La imagen de Karina durante el funeral se proyectaba sobre el paisaje nocturno de la ciudad, como un fantasma que lo seguía en la oscuridad. Aquel recuerdo lo perseguía por los pasillos de su mansión con la tenacidad de un fantasma que se negaba al descanso. Ella no era la joven frágil que él abandonó a su suerte; ahora emanaba una madurez cuya belleza resultaba casi pecaminosa.
Su mirada se perdió en la penumbra del jardín mientras evocaba los cambios en el cuerpo de la mujer. La maternidad le otorgó una curva más pronunciada a sus caderas y un brillo magnético a su piel. El cabello, una cascada de seda oscura, caía sobre sus hombros con una libertad que a él le fue negada. Su piel resplandecía, sus ojos brillaban como dos luciérnagas y Dante podía sentirse más feliz cuando pensaba en ella. No imag