188. Una noche en la mansión
Gabriel inicia todo con un beso.
Y lo hace con una delicadeza tan absurda, tan llena de sentimiento, que por un instante dejo de sentir la oficina, el ruido lejano de la fábrica, el peso de los problemas, de Japón, de los Hikari, de todo. Mi mente se pierde en algo mucho más suave. Casi irreal. Como si estuviera caminando dentro de un jardín interminable cubierto de flores rosadas que se mesen con el viento.
Sus manos recorren mi cintura despacio, con cuidado, como si todavía temiera romperme.