166. Cuando la amistad se vuelve refugio
Me quedo mirando a Valquiria, que no para de caminar de un lado a otro de mi oficina, como una fiera enjaulada. Yo, en cambio, me siento clavada en la silla, inmóvil, con un nudo en el pecho que apenas me deja respirar. Quisiera sentir alivio… alivio porque no fue Bárbara la que se contagió. Pero ese pensamiento me sabe a veneno. No puedo alegrarme cuando se trata de Marthuski. Esa niña me importa demasiado. Es como una hermana pequeña que la vida me regaló en medio del caos. Recordar su risa,