112. Sábado de boliche por la noche.
Murgos me lleva casi a rastras hacia la puerta que da salida al jardín. La fuerza con la que su mano rodea mi brazo me sorprende, pero no digo nada; el brillo en sus ojos y el ceño fruncido anuncian una tormenta que no estoy segura de poder detener. Apenas cruzamos la entrada, me suelta de golpe, dándome tiempo apenas para recuperar el equilibrio.
—¿Qué demonios estabas pensando, Miriam? —empieza, mirándome con un resentimiento que rara vez le había visto antes—. ¿Creías que no me iba a enterar