Cuando Carlos me llamó de nuevo, estaba escuchando una enseñanza en el monasterio La Luz Divina.
—Sara, ya casi son las once. ¿Por qué aún no has llegado? —me preguntó Carlos con voz impaciente.
—Ya estoy cerca, espera un poco más —le mentí de forma deliberada.
Durante diez años lo había amado y esperado incontables veces. Que ese día él me esperara un poco era como cobrarle un pequeño interés por toda haberle entregado mi juventud a ese intenso amor.
—Date prisa, no vayas a perder la hora de bu