—Señorita Hernández, ¿qué... qué hace usted aquí? —preguntó Diego, tan sorprendido como yo al ver a Beatriz justo en pijama.
Beatriz se ajustó un poco la bata, visiblemente incómoda por nuestra presencia inesperada. —Vivo aquí. ¿No es obvio?
Su mirada se posó en las llaves que yo sostenía, y su expresión cambió a una mezcla de confusión y molestia.
—¿Es costumbre de ustedes entrar a casas ajenas sin siquiera tocar la puerta?
Diego dio un paso hacia adelante, claramente desconcertado por la situ