Me conmovió demasiado escuchar eso. Aunque era una niña que había sido acogida en ese hogar, los padres de Carlos me habían dado el mismo amor y cuidado que unos padres biológicos.
Me trataban como si fuera su propia hija, con un cariño y una dedicación especial que a veces me abrumaba. No eran solo palabras o gestos vacíos; se notaba en cada delicado detalle, en cada mirada de orgullo cuando lograba algo, en cada abrazo de consuelo cuando las cosas no salían bien. Incluso, recuerdo muy bien que