Mientras pagaba, Sergio me devolvió la llamada.
—Estaba ocupado, acabo de ver tu mensaje —me explicó primero.
—Sí, lo sé. ¿Estás disponible? —le pregunté.
—¿A qué hora? —respondió Sergio.
Pensé un par de segundos. Si íbamos a las seis, sería hora de cenar y seguramente Gabriel y Alicia querrían que nos quedáramos a comer. A mí no me importaba, pero Sergio quizás se sentiría incómodo.
—A las siete y media —para esa hora entonces los Jiménez ya habrían terminado de cenar.
—Bien, paso por ti a las