No fue sino hasta que me sirvió el té cuando dije: —Ese maldito Carlos, nunca imaginé que al mostrar su verdadera cara sería un ser tan despreciable.
Tomé un par de sorbos del té y murmuré: —Resulta que solo me tenía lástima.
Aunque Carlos y yo nos separamos, los momentos y recuerdos hermosos del pasado permanecían en mi corazón, pero sus palabras de hoy destrozaron por completo el manto hipócrita que envolvía esa belleza. Paula apretó con fuerza mi hombro, acariciándolo con suavidad mientras de