Con su metro ochenta de altura, casi me hace caer al jalarme.
Me tambaleé y antes de que pudiera insultarlo, Beatriz ya se había acercado con una expresión lívida en su rostro.
Por un instante, me di cuenta de lo fea que se veía Beatriz, y me pregunté cómo alguna vez pude pensar que era bonita.
Quizás ese dicho de que el rostro refleja el alma era cierto - ahora que Beatriz tenía el corazón retorcido, su fealdad interior se manifestaba en su exterior.
—Alberto, ven acá —Beatriz explotó contra su