Recordando su acusación anterior, aproveché el momento para vengarme: —Por favor suelta mi mano, o te denunciaré por acoso.
¡Ja, ja,ja!
Alberto soltó una gran carcajada: —Adelante, denúnciame.
No tenía miedo. En fin, con alguien tan descarado mejor no complicarse. Intenté liberar mi mano.
Pero no me soltó, y con una sonrisa arrogante dijo: —Señorita, cuánto tiempo sin verte, cada vez estás más... guapa.
—¡Vete! —volví a forcejear para soltarme.
Siguió reteniéndome, y se acercó cada vez más: —Her