30. El documental de la discordia
Los dos solos en el enorme comedor, en silencio, empezamos a comer. El sonido de los cubiertos contra los platos es lo único que se escucha. Yo apenas pruebo bocado, aunque la comida se ve apetecible. Miro de reojo a Dimitri, que come con calma, como si esto fuera una situación completamente normal. Trago con dificultad un trozo de pan y luego un sorbo de jugo que no logro identificar, pero es fresco y dulce. Mi mente, sin embargo, está muy lejos de disfrutar este desayuno. Solo puedo pensar en