29. Desayunando con un criminal
La habitación está en penumbra, apenas iluminada por el resplandor de la luna que se cuela por los cristales de la ventana. El reloj marca bien entrada la madrugada, pero el cansancio no logra derrotar a la tormenta de emociones que me devora por dentro.
Sentada en la cama, con las cobijas amontonadas sobre mis piernas y mi mejilla presionada contra el pecho de este hombre, siento que el peso de las palabras resientes me aplasta. Cada una de ellas sigue resonando en mi mente como cuchillas afila