PRICILLA
Me encerré en mi habitación, con las manos temblando mientras lanzaba todo lo que tenía a mano. El sonido de cristales rotos resonaba, pero aun así no bastaba para liberar la rabia que me consumía. Las lágrimas seguían cayendo de mis ojos, pero ni siquiera intentaba contenerlas. Estaba furiosa, dolida y humillada a la vez.
Afuera, oí a mis padres llamar a la puerta, con la voz llena de preocupación. —Pricilla, abre —dijo mi madre.
—¡Déjenme en paz! —grité, con la voz quebrada.
El silen