Sintió esa mirada clavarse en su espalda como un clavo: ardiente, deliberada, descarada.
Bajo la observación de todos los invitados, se giró lentamente, como una guerrera que encara a su archienemigo.
Sebastian Worth permanecía en el umbral entre la luz y la sombra. Con la copa ligeramente inclinada y una sonrisa que oscilaba entre la evaluación y el desafío, le brindó un saludo. El gesto era elegante, pero parecía más un brindis dirigido a un espectro —o quizás, una declaración de guerra a su