El reloj de la cocina marcaba las 05.30 de la mañana la última vez que lo miró. Sus pasos lentos y pesados lo llevaron hasta la ventana de la sala. Descorrió muy despacio las cortinas y observó el jardín trasero de su casa.
Su vista se perdió en el camino de lajas que conducían hasta el enorme manzano, que se erguía orgulloso en medio del jardín.
Al pie de su tronco descansaban las pilas de maderas lijadas y las herramientas, usadas la tarde anterior, listas para seguir trabajando en el proyec