LEONEL ARZÚA
Sin decir ni una sola palabra, tomé a la monja del brazo y la puse detrás de mí.
—¿Estás bien? —le pregunté en un susurro y sus enormes ojos me respondieron con pánico y miedo. La imagen de Evelyn se encimaba con la de Gianna y me rompía el corazón.
—¿Señor Arzúa? —preguntó desconcertada, parecía un conejito asustado.
—¡Oye, amigo! Te voy a dar un consejo… No te metas donde nadie te llama —dijo aquel hombre con aires de superioridad.
—Conozco a esta chica, es una monja… y no parec