9. Acorralada en la guarida del depredador
La habitación volvió a sumirse en el silencio. Sin embargo, no era el silencio apacible de cuando Elara había entrado por primera vez. Este era el silencio que queda tras la tormenta; pesado, tenso y asfixiante. Elara podía sentir los latidos de su propio corazón rasgando aquella quietud, resonando en sus oídos como el redoble de un tambor de guerra.
La luz del sol que se había filtrado a través de los vitrales parecía ahora atenuarse, como si también se encogiera de miedo al presenciar el cola