34. Leche de fresa en la jaula del demonio
Elara apoyó uno de sus zapatos sobre las palmas entrelazadas de Jaxon. La suela estaba sucia por el asfalto del puerto, pero a Jaxon no le importó en absoluto. Con un fuerte impulso, el hombre levantó el cuerpo de Elara como si la chica no pesara nada, ignorando los profundos cortes de sus propias manos.
—Agárrate a los barrotes donde la pintura esté desconchada —le indicó Jaxon desde abajo, con voz ronca y contenida—. Es más áspero, no resbalará tanto.
Elara se aferró a la reja mojada y comenz