27. La debilidad del demonio
El rugido de los motores volvió a atronar, ahogando las risas burlonas de los mecánicos que se mofaban de Ciara. Elara seguía petrificada detrás de la barricada de espectadores, con los ojos clavados en el grueso esparadrapo negro que envolvía la mano derecha de Jaxon.
—Está loco, Harper —susurró Elara, casi gritando para hacerse oír por encima de los graves de la música—. ¡Tiene la mano destrozada! ¡Si agarra el volante a esa velocidad, los huesos se le podrían romper por completo!
Harper reso