SLOANE D’MARCO
—No están… —dijo Berenice entrando a la dirección, pálida y desaliñada.
—¿Cómo que no están? —pregunté con la mano temblorosa y aún sosteniendo el teléfono. Mis ojos se llenaron de lágrimas al recordar los gritos que escuché.
—No están los niños, los están buscando. No están los trillizos ni Mario. La maestra dice que solo los descuidó un segundo —contestó Berenice con voz temblorosa.
Retrocedí mareada, me faltaba el aire y mi corazón iba a mil por hora. ¿En verdad se habría llev