ELIOT MAGNANI
Llegué hasta las enormes puertas de la mansión de Zafrina, estaba cansado, hambriento y sucio. Me aferré con ambas manos a los barrotes, temiendo que pasará alguna patrulla que pudiera detenerme, pero en cambio, las rejas zumbaron permitiéndome entrar.
Fue desconcertante no ver la seguridad de siempre. Entré con desconfianza, atravesando el oscuro jardín. Mis manos punzaban adoloridas, mis palmas y yemas habían sangrado al sujetarme de esas rocas para no caer junto a la camioneta