JIMENA RANGEL
—Jimena… solo, por favor, hablemos —pidió Bennet tomando mi mano, suplicando con esos ojos de cachorro bajo la lluvia que tantas veces me doblegaron—. Creí que enfocarme en mi vida profesional y en mí mismo sería suficiente para olvidarme de todo, y así lo hice, Adam, Sofía, sus nombres no volvieron a hacerme daño, desaparecieron de mi memoria, pero el tuyo sigue ahí, martillando mi cabeza cada mañana.
Entreabrí la boca, con el corazón acelerado y los ojos húmedos, pero antes de q