—¿Puede respirar mejor? —me pregunta Milo de inmediato, iluminando mis ojos con un aparato que no tengo ni idea de dónde sacó.
¡Pobrecito, él cree que su suspicaz secretaria se va a tragar su teatro!
—Señora Gaillard, ¿se siente mejor? —Parpadeo y levanto mis manos para soplarme las mejillas.
Por la expresión de la secretaria, está claro que esto es una perdedera de tiempo, pero no hay que quitarle a los enfermos su placebo. Así que le seguiré la corriente al pobre de Milo.