Capítulo cuarenta y dos
En el auto de regreso a la casa de mis padres, reina un silencio absoluto, algo que no ocurre con frecuencia. Mi padre está tan serio que no nos atrevemos a decir ni una dola palabra.

— Litia, vas a arreglar las cosas con tu marido o a divorciarte y tú vas a parar de hacer manitas con ese doctor, no sé qué diablos se traen Vico y tú entre manos, pero se han casado y van a tener un hijo, así que actúen en consecuencia — Hemos llegado a casa y de inmediato mi padre ha tomado cartas sobre el asunto
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