Capítilo setenta y tres

— Ni de coña — Suspira Milo y me fijo en la hora; son las ocho y treinta y dos.

Milo se ha estacionado y los policías se han ido, corremos a sacar a las bebés sin tomar el cochecito triple, no tenemos tiempo para eso.

Las llevamos en las cunitas portátiles y cuando entramos a la alcaldía, Melissandre se encuentra con mi bolso en sus manos y la madre de Milo nos observa con cara de pocos amigos.

— ¿En serio, Milo? — No me saluda, empieza  a caminar por el lugar, como

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