Capítulo cuarenta y ocho.
Miles de lagrimas inundan mi rostro.
Y no las puedo frenar. Es como si por fin pudieron ser liberadas después de tanto tiempo siendo contenidas con toda la fuerza que me fue necesaria. Odio llorar. Lo detesto. Hace que me sienta débil, sensible y... Llorar no entra en las clase de cosas que suelo hacer cuando algo me duele.
Pero tal parece que está vez me traicionaron. No las culpo.
Porque me duele. Me duele muchísimo.
El agujero que todo estos días estuvo ahí, presionándome, ahora parece hundi