Capítulo cincuenta y dos.
Jessica.
—¿Como diablos fue posible?—ruge mi amigo rubio, apoyando ambas manos sobre la mesa con determinación. Me sobresalto en el asiento—¿Dónde estuvo la seguridad en todo ese tiempo?
Miro directamente a los dos oficiales que están parados detrás de las sillas. Ni siquiera se sorprenden con la reacción de Max. Frunzo el ceño de manera instintiva y sacudo la cabeza.
Hemos estado así, sentados y escuchando a Max casi morirse de la desesperación e ira, hace más de dos horas. Según los agentes,