Julieta
Cuando llegué al aeropuerto de Heathrow, el verdadero peso de mi bolso no estaba en la ropa ni en el neceser apretado, sino en el viejo cuaderno que llevaba dentro. Sus páginas arrugadas, llenas de tachaduras y garabatos, eran cicatrices que hablaban de noches en vela, de teorías a medio formar, de un rompecabezas cuyas piezas nunca terminaban de encajar. Pero hubo una que jamás vi venir: Alonso.
Con su sonrisa medida y voz melosa, me manipuló como si fuera una novata. Y yo, que solía v