Bruno
La tormenta no cedía, y yo tampoco. El rugido de mi moto se mezclaba con el viento mientras dejaba atrás el motel, la voz de Clara —“Bruno, por favor…”— clavada en mi cabeza como un clavo oxidado. Había estado tan cerca, golpeando su puerta, sintiendo su miedo al otro lado de la madera. Pero se escaparon otra vez, como siempre, dejándome con la lluvia y la rabia. Clara, la niña perfecta que se llevó todo, seguía deslizándose entre mis dedos. No por mucho. Esta vez la encontraría, y no habr