Dante me llevó a través del ático como si no pesara nada, mis piernas todavía rodeando su cintura, su polla enterrada profundamente dentro de mí con cada paso. Cada movimiento enviaba nuevas réplicas a través de mi cuerpo hipersensible. Su semen chorreaba por mis muslos, mezclándose con mi propia excitación, pero a él no parecía importarle. Su boca permanecía sobre la mía en besos perezosos y posesivos mientras nos llevaba de vuelta al dormitorio.
Me tumbó en la enorme cama sin salirse, cubrien