La boca de Dante reclamó la mía en un beso que robó los últimos fragmentos de mi resistencia. No fue suave. Fue hambriento, posesivo y profundo: su lengua deslizándose contra la mía con caricias deliberadas que me hicieron girar la cabeza. Gemí contra él, las manos aferrándose a su camisa mientras años de desesperación contenida salían de mí en olas temblorosas.
Se apartó lo justo para mirarme, con los ojos oscuros ardiendo.
—Mírate, conejita. Por fin suplicando tan bonito.
Una de sus grandes