La mano libre de Daniel subió, me cogió la mandíbula, el pulgar rozando mi labio inferior.
—Respóndele, nena. Dile a Preston lo bien que se siente tener los dedos de tu hermanastro enterrados en tu coño.
—Se siente… —Mi voz se quebró en un gemido cuando él curvó los dedos con más fuerza—. Tan bien. Joder, Daniel, no pares…
Se inclinó, la boca rozando mi oído.
—No voy a parar hasta que te corras en mi mano. Luego te voy a probar. Llevo muriéndome de ganas de saber a qué sabe el coño de mi he