En el momento en que las puertas se cerraron con un clic detrás de Dante, algo dentro de mí se rompió.
No podía quedarme allí sentada como una conejita indefensa esperando a que el lobo me devorara. Sus palabras arrogantes todavía me ardían en los oídos: esa promesa engreída de que eventualmente suplicaría por su polla. Solo pensarlo hizo que mi sangre hirviera con nueva rebeldía. No. Me negaba a dejar que me rompiera. Tenía que escapar esta misma noche, antes de que el “pronto” que seguía colg