Las puertas se cerraron con un clic definitivo que me hizo caer el estómago. Volvía a estar sola en aquella opulenta prisión, con las muñecas todavía esposadas por encima de la cabeza, desnuda y expuesta bajo el suave resplandor de las luces empotradas. La chimenea crepitaba burlonamente, proyectando destellos cálidos sobre mi piel que no lograban alejar el frío terror que se instalaba en lo profundo de mis huesos.
Tiré de las esposas otra vez, con más fuerza esta vez, hasta que el cuero me mor