La certeza hizo que un chorro fresco de humedad cubriera sus dedos. Se corrió con un jadeo ahogado, los muslos temblando, mordiendo la almohada para no hacer ruido.
Cuando las réplicas se desvanecieron, se quedó allí jadeando, mirando el techo.
Lo sabían.
Y mañana solo sería peor.
Porque por mucho que fingiera, su cuerpo ya la estaba traicionando. Y los tres hombres que compartían aquella casa parecían más que dispuestos a esperar a que se rindiera: pacientes, implacables y claramente decididos