Ahora temblaba, el resplandor del orgasmo convirtiéndose en náusea y pánico.
—Vete. Ahora mismo.
No se movió. Solo sacó el móvil otra vez, tocó la pantalla y lo giró hacia mí. El vídeo se reprodujo sin sonido: yo a cuatro patas bajo la luz tenue, espalda arqueada, boca abierta en un grito silencioso de placer, su mano en mi pelo, caderas chocando contra mi culo. Mi cara era inconfundible. Mis gemidos, aunque mudos, se veían guarrísimos. Su polla desapareciendo dentro de mí una y otra vez. La