El trueno rodaba bajo y perezoso afuera, como si estuviera metido en el secreto, y yo ya estaba empapada —literal y figuradamente— antes de que la puerta principal susurrara al abrirse. Llevaba horas tumbada en la oscuridad, desnuda entre las sábanas de Jake, con una mano dando vueltas perezosas sobre mi clítoris porque el dolor se había vuelto demasiado fuerte para ignorarlo.
Una semana entera sin él. Siete días de mensajes que empezaban dulces y terminaban guarros, notas de voz donde se le oí