La luz del sol entraba por las persianas entreabiertas de la habitación de la infancia de Lila, pintando rayas cálidas sobre el edredón blanco revuelto. El reloj de la mesita marcaba las 7:42 a.m. Lila se removió lentamente, con el cuerpo deliciosamente dolorido en lugares donde nunca antes lo había estado. Entre sus muslos se sentía pegajoso y sensible, un recordatorio constante de la gruesa polla de Kai y las dos cargas que le había bombeado profundamente la noche anterior. Se movió y sintió