Lo ignoré, levantándome con el plato en la mano y enjuagándolo en el fregadero. De repente, su cuerpo se estrelló contra el mío: pecho contra mi espalda, brazos enjaulándome contra la encimera, su erección clavándose en mi culo a través de la tela fina.
—Te extrañé —gruñó bajo, el aliento caliente en mi oído, una mano tirando de mi pelo hacia atrás. El dolor me atravesó el cuero cabelludo; me aferré al borde del fregadero.
—Suéltame —mi voz salió temblorosa, pero él se rio, metiendo la otra man