El pánico me devoraba por dentro… me retorcí, gritando por ayuda en la noche vacía, pero el callejón se tragó mi voz como si nunca hubiera existido. Nadie vino. Sus dedos se clavaron en mis caderas, levantándome lo justo para alinearse, y entonces embistió hacia adelante, hundiendo su polla hasta el fondo de mi coño en un solo movimiento salvaje.
El dolor me atravesó como un relámpago, mis paredes estirándose alrededor de su grosor mientras me llenaba por completo, sin piedad, sin aviso. Grité,